JUL
19
2006

"CHILE y su naturaleza: A mí, no me conmueven." por Pablo Rebolledo.



CHILE y su naturaleza: A mí, no me conmueven.

Pablo Rebolledo Dujisin





¿Es realmente la naturaleza de Chile única? No lo sé, quizás no, y quizás es eso, en nuestros corazones y forma de pensar cegada por un toque de patriotismo y por nuestra típica frase “...uta que es linda mi tierra!”, lo que no nos deja darnos cuenta de que Chile no tiene una naturaleza única. Hermosa sí, bonita sí, benigna, sí; única, no.



Quizás, esto, combinado con una serie de otros factores, es lo que no nos deja despegar como destino turístico, no nos deja que la industria del turismo sea realmente relevante para la economía nacional: preservadora de recursos naturales, generadora de empleo, fuente de divisas, dinamizadora de la economía, etc.



Después de asistir a una charla y mantener varias conversaciones con el renombrado montañista chileno Rodrigo Fica, he estado pensando en el tema, llegando a algunas conclusiones que presentare a continuación:



¿Qué sería lo que hace a Chile único? Algunos dicen que es su diversidad de paisajes y climas, que de norte a sur pasamos por casi todos los climas existentes; puede que sea así, pero realmente, ¿hacen los turistas un viaje directo por la ruta 5 que recorra todos los climas? ¿Es esto un “producto turístico”? No lo creo, al menos no es algo masivo, es, quizás, un programa demasiado largo de recorrer, tomaría muchos días, es muy caro y no hay tiempo en el mundo para recorrer un país que la gran mayoría de la población cree, es el más largo del mundo (otro tema para discutir).



El desierto más seco del mundo, OK, es verdad, no llueve nunca, solo llueven pedazos de camélidos cuando éstos se paran sobre una de las muchas minas anti-personal que están distribuidas en el desierto. Pero, en mi experiencia con visitantes, nadie sabe acerca de la pluviosidad nacional, o a nadie le importa; en el tema “desierto”, me pregunto, ¿somos competencia para el Sahara?: una inmensidad de desierto, un mar de kilómetros y kilómetros de nada más que arena, que también tiene culturas que se adaptaron, que además tiene camélidos grandes, jeeps que lo cruzan libres de peligro de explotar, etc.



No, la verdad, el turista prefiere el Sahara, aunque caigan un par de milímetros más de agua al año, es un destino que todos reconocen, es “el desierto de los desiertos”, porque, además de lo ya mencionado, hay que tener claro que existen otros desiertos alrededor del mundo, o sea, más de lo mismo.



Dentro de nuestro desierto se encuentra un gran patrimonio cultural, legados de culturas pasadas, de épocas de auge económico, de dramas humanos, guerras, etc. Sí, así es, pero en otros desiertos también hay cosas similares, pero que ya están puestas en valor.



Sin menospreciar la importancia histórica y patrimonial que tienen dichos elementos para Chile, para la humanidad y la reconstrucción de nuestro pasado, siento que, en la actualidad, son elementos de poca relevancia para la industria turística.



¡Alto! no digo que la situación no sea mejorable, no digo que con el dinero que entra a la localidad por este concepto no se pueda reparar, restaurar y preservar el recurso. Lo que digo es que estos elementos no pueden competir, digamos, con las mega estructuras construidas por nuestros antepasados Incas en los territorios actualmente ocupados por Perú y Bolivia. Pirámides, sí, eso es lo que busca el turista de largo destino en general, no pircas, no pinturas rupestres por si solas. Insisto, no quiero decir con esto que no sean importantes en otros aspectos, quiero decir que tenemos recursos mas no productos.



Recurso nieve: Sí, bueno, bonito, ¿único?, no. OK, para Brasil es conveniente, además tiene una estacionalidad inversa con el hemisferio de los ricos. Eso si, hay que asumir que es pequeño en comparación con centros de ski de orden mundial, que sus caminos de acceso son pésimos, peligrosos y el tránsito por ellos se suspende con facilidad. Y que, además, estamos condenados a que su estacionalidad no solamente sea invierno versus verano, sino que, además sea dependiente de fenómenos como El Niño, o años cada vez más secos y calurosos que hacen que destinos como Lagunillas, por ejemplo, sean más y más débiles, pero, a pesar de esto, representa un producto exitoso.



Su influencia sobre el empleo nacional es mínima, pero aporta. ¿Cuál es la clave para el éxito de este destino?: saber y darse cuenta que no es único, asumir la competencia, y competir para mejorar, sin dar por sentado que el sólo hecho de tener nieve es suficiente para que todos nos hagamos ricos a través del turismo.



Sur de Chile: vease Canadá, Nueva Zelanda, destinos parecidos hay varios en el mundo, quizás no iguales, pero sí similares.



Patagonia: nuestro “as bajo la manga”, el lugar del que todos hablan, donde todos queremos ir, queremos explotar, trabajar, vender a nivel mundial, etc.



Alguno de los lectores se habrá dado cuenta del triste hecho de que la gran mayoría de los turistas cree que Patagonia pertenece completamente a Argentina. Bueno o malo, es así y, a menos que hagamos una gran inversión como país para revertir este hecho, va a seguir siendo así. Sí, y nuestras queridas Torres del Paine, van a seguir siendo consideradas como pertenecientes a la república hermana de Argentina.



Dejando de lado este hecho, y, suponiendo el caso de un turista extranjero bien informado, que, supongamos, tiene muy claro el tema limítrofe y sabe qué cosa pertenece a quién; de todas formas, difícil es que venga a visitar sólo la Patagonia chilena o sólo la Patagonia argentina. Viene a ver la Patagonia, y punto: el fin del mundo, lagos, fiordos, glaciares, flora, fauna, paisajes, etc. Y le importa bien poco a qué país pertenecen los parques y reservas; sólo quiere conocer. Entonces se le suma, al ya largo viaje y al bajo nivel lingüístico de la región (chilena-argentina), la gran traba de las ridículas competencias nacionalistas entre estos dos países, la baja recepción de dólares y euros y los largos e interminables tramites fronterizos, que se traducen en cambios de moneda, cambios de vehículo, sacar y timbrar el pasaporte una y otra vez, ponerse en filas en las cuales nadie habla más que español y que le revisen, nuevamente, el equipaje completo. O sea, una sumatoria de problemas; mejor, se queda en otro país con características similares y que no le pongan trabas y dificultades a su viaje, como Suecia, Canadá o EE.UU.



Solución: mejorar el sistema fronterizo, al menos en la región patagónica, ni siquiera en todo el país (lo cual seria ideal), sino sólo en un área que debería explotarse en conjunto en vez de competir sin colaborar. Esta tarea claramente queda fuera de las manos de organismos como Sernatur o Consetur, pero, supongo, en un Estado que se dice moderno por tener infinidad de computadores, alguien podría gestionar el tema.



Algunos autores plantean la solución de invertir fuertemente en caminos, carreteras australes pavimentadas, puertos, internet, etc. Sí, puede ser una solución, una solución que nos convertiría en más de lo mismo, más “Suecias”, más “Canadás”, más “Saharas”; quizás la solución no pase por esto, sino, más bien por resignificar lo que tenemos.



Quiero apuntar a dos motivos para justificar lo que acabo de escribir:



Primero, hay que asumir que, aunque al empresariado no le guste, Chile no está preparado para recibir una gran oleada de visitantes, no tenemos la suficiente cantidad ni calidad de servicios e infraestructura turística; no hay suficientes hoteles, ni restaurantes apropiados ni guías preparados; un escenario tan optimista como éste haría que la oferta turística colapsase sin dar abasto ni cumplir con expectativas.



Segundo, Chile intenta vender su naturaleza en el extranjero, al igual que gran cantidad de países en vías de desarrollo y de otro tanto ya desarro

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Autor:

Natalia Maass C.

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