Julio 2019 

TURQUÍA, OTÁN Y EEUU.


Pocos entienden las razones que tendrá el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, por arriesgar las relaciones tradicionales de la política exterior norteamericana. En distintas oportunidades, ha criticado las política o insultado líderes de países como Canadá, el Reino Unido, México, y Francia, mientras que profesa admiración por líderes populistas como Kim Jong Un, Putin, Duterte y Erdogan. Una posibilidad es que Trump se sienta ideológicamente cercano a ellos, suponiendo que la ideología que los une, más que una cosmovisión político-económica, es el nacionalismo. Otra es que espera obtener algún beneficio de estos países – como, en el caso de Kim, una resolución a las históricas tensiones entre las dos Coreas, y un fin al programa nuclear norcoreano.


Pero el caso de Erdogan en Turquía es diferente. Turquía ha sido un miembro de la OTAN desde 1952. Este acuerdo logró obtener que Turquía se sintiera parte del mundo occidental, algo que había estado tratando de hacer desde que Kemal Atatürk implementó medidas para modernizar el país en la década de los 20 del siglo pasado. A la vez, la OTAN pudo usar Turquía para limitar las ambiciones expansionistas de la Unión Soviética tanto en Europa como en el Medio Oriente, y, dada la ubicación estratégica de Istanbul, controlar, o por lo menos observar, el acceso de barcos soviéticos entre el Mar Negro y el Mediterráneo. Estados Unidos tiene una base aérea en Incirlik.


Pero con la llegada al poder de Recep Tayyip Erdogan en 2014, el statu quo comienza a cambiar. El presidente turco mira más hacia el pasado que hacia el futuro, deseando revivir alguna edad dorada de la época de los Otomanos, implementando una visión más islamista, menos laica, menos republicana, y mirando más hacia el oriente que el occidente, cosa que se hace especialmente evidente en sus posturas sociales, hacia las mujeres, las universidades, la prensa, las minorías como kurdos o judíos, etc.


El giro que ha tomado el país bajo el liderazgo de Erdogan ha significado un aumento en tensiones con Europa, pero Donald Trump ha estado relativamente callado al respecto, incluso recibiendo a su par turco en la Casa Blanca en junio de 2019. A pesar de esto, Turquía se opone a las posturas estadounidenses respecto problemas como Venezuela, Israel e Irán, y por supuesto Rusia. Turquía se acerca cada vez más a Rusia, incluso llegando a comprar de ese país un sistema de defensa aéreo, el S-400, por un monto de $2,5 mil millones.

El acuerdo entre Turquía y Rusia tiene implicancias que van más allá de la presente compra. La imposibilidad de integrar el S-400 con los sistemas de la OTAN, y el hecho que el sistema ha sido programado desde Rusia, implican que se identificará cualquier avion que sea turco como un objeto no identificable. Es poco probable que el nuevo sistema dispare en contra ataques desde Rusia o sus aleados como Siria.


Como consecuencia, la compra del sistema de defensa aérea es un misterio. Es difícil imaginar que logrará proteger a Turquía de un ataque americano, y tampoco de uno ruso. Sirve solamente para alejar aún más a Turquía de la OTAN y del occidente, entregándole un importante triunfo estratégico para Putin. Tal vez Erdogan piensa que es una medida de presión hacia Trump, la OTAN y la Unión Europa, pero ¿para lograr qué? O, tal vez, Erdogan, que fue amenazado por un confuso intento de removerlo del poder en 2016, le esta pagando una deuda a Putin.