China - EEUU

El presidente de los EEUU, Donald Trump, hizo campaña en parte sobre la base de una férrea defensa de la soberanía nacional.  ‘America First’ siempre fue un llamado a la protección y el nacionalismo. El candidato Trump le prometió al país – o por lo menos a un sector importante del Partido Republicano – que la fórmula para proteger los empleos era darle la espalda a la globalización. Una vez instalado en la Casa Blanca, el nuevo presidente dio instrucciones a que se renegociara el tratado de libre comercio con Canadá y México, y luego, impuso unilateralmente una serie de aranceles en productos chinos, incluyendo acero. El gigante asiático no tardo en responder con aranceles suyos, principalmente sobre productos agrícolas.

En esta materia Trump está guiado por cuatro ideas principales. Primero, desde por lo menos la década de los ochenta, Trump ha manifestado su preocupación por el auge de poderes económicos que pudieran desafiar a la primacía de los EEUU. Hace tres décadas era Japón, hoy ese poder es China. Segundo, y relacionado con lo primero, por una visión racial de la geopolítica, en que EEUU debe defenderse de las hordas extranjeras (mexicanas, chinas, etc.) Tercero, Trump ha sido inspirado por su propio nacionalismo y el de sus consejeros, especialmente Steve Bannon. Cuarto, se ha utilizado el tema de la Guerra Comercial para fines electorales; Trump anuncia una primera ronda de aranceles a comienzos del 2018, y unos meses más tarde, en vísperas de las elecciones de medio tiempo, amplía el régimen arancelario. Recién después de las elecciones se abre a la posibilidad de llegar a algún acuerdo negociado con China.

Mientras tanto, el efecto de la política hacia China es lo contrario a lo prometido. El déficit comercial de EEUU aumenta por unos US$120 millones, logrando ser el déficit más grande con China desde el 2008 y el gobierno estadounidense ha tenido que prometer una inyección de US$12m a la industria agrícola afectada por la política de aranceles. 

El hecho que las motivaciones de Trump hayan sido mayoritariamente políticas no significa que todo haya estado bien en las relaciones comerciales con China. Desde que accedió a la Organización Mundial de Comercio (OMC) en el 2001, China se ha negado a cumplir con algunas de las reglas básicas, incluyendo infracciones de regulaciones de propiedad intelectual y permitir el acceso a la industria financiera. Pero, dentro de todo, el ingreso de China a la OMC implicó un gran avance, puesto que estaba aceptando participar en el orden financiero y comercial organizado, dirigido y (todavía) dominado por EEUU. El actual presidente estadounidense se ha ido en contra de décadas de política exterior norteamericana, al quitarle los incentivos a que China siga jugando según las reglas impuestas por EEUU. Los efectos de lo anterior están por verse, pero no habría que sorprenderse si China comienza a construir une institucionalidad paralela, incluyendo una versión propia de la OMC. De hecho, ya se puede apreciar la forma en que China ha ido ejerciendo su creciente poder en el sistema internacional: la más reciente Reunión Anual de Gobernadores del Banco Interamericano del Desarrollo, que estaba programada para ser realizada en la ciudad china de Chengdú, fue cancelada por los chinos después de que los estadounidenses insistieran en que la participación venezolana fuera compuesta por representantes de Juan Guaidó. Los chinos se negaron, y la reunión no se realizó, subrayando una vez más como el poder relativo de Estados Unidos se ha ido diluyendo en la región.

Todo indica que ha habido avances en las negociaciones y que en las próximas semanas se reunirán los líderes de ambos países para acordar un fin a así llamada Guerra Comercial. China aceptará el ingreso de algunos productos adicionales, aunque el tema de propiedad intelectual no quedará resuelto. El presidente de los Estados Unidos declarará victoria y dirá que esto demuestra que su política proteccionista funciona (si bien ambos luego bajarán los aranceles otra vez).

Pero a menos que la algo cambie en el modelo de desarrollo chino, o en la ideología Trumpista, es poco probable que los acuerdos a venir representen el verdadero fin de la Guerra, sino más bien una tregua. En la medida que China siga amenazando la dominación económica de los Estados Unidos (cosa que parece inevitable), Donald Trump, con fines electorales, buscará formas de hacer del gigante asiático un adversario.

TENDENCIA: En el corto plazo se calman las aguas, pero a la larga la competencia comercial entre China y Estados Unidos solo se profundizará, tal vez incluso tomando dimensiones militares en la medida que China hace un giro en su política de defensa.