Dr. Psi. Sergio Bórquez (Ph.D)

Un grupo de amigos me comentaba la cantidad de gente “enferma de la cabeza” que circula junto a nosotros, y que pasa inadvertida, hasta que explota en las más imprevisibles conductas. Este comentario surge a raíz del impactante efecto sobre la población que produjo el asesinato de dos funcionarios de un casino de juegos, por parte de un jugador de ruleta, a quien ellos conocían por la asiduidad de su presencia en esos salones.

Emitir un juicio categórico sobre las causas que gatillan este evento, es algo difícil, toda vez que no se dispone de los posibles antecedentes patológicos, su eventual tratamiento psiquiátrico, elementos que debe manejar su médico, si es que alguna vez lo tuvo, y que deben ya estar en poder de la investigación oficial del caso.

Sin embargo, a la luz de lo que se ha publicado y mostrado por los canales de televisión, se puede entregar una versión aproximada sobre los acontecimientos.

Primero, un comentario sobre su supuesta patología de ludopatía. Esta verdadera adicción al apostar en algún juego es un trastorno que surge a raíz de una profunda depresión que nunca ha sido tratada o ha sido mal tratada. Muchos individuos en estado de depresión ansiosa, recurren a algún elemento que les brinde algo de recompensa en medio de su negro panorama. Surgen las drogas, el alcohol, la nicotina, el sexo indiscriminado, anorexia, y otras conductas de riesgo físico.  Tratar alguna de estas manifestaciones es inútil, toda vez que no se ataca la raíz que las provoca.

Otra indicación que nos guía hacia su origen depresivo, surge de sus comportamientos agresivos e irritables en su consulta profesional y en sus relaciones sociales. El llamado Síndrome del Hombre Irritable (SMI) es reconocido como una manifestación de un estado depresivo que se encuentra en la espiral de destrucción.

Mi apreciación personal es que esta melancolía profunda lo fue derivando hacia una grave crisis paranoica, con la presencia de pensamientos delirantes de que le estaban estafando, de que el casino y su gente estaban confabulados para arruinarlo, de que iba a jugarse su prueba definitiva: “o gano, o confirmo mis sospechas, y termino con todo”. Por eso lleva su pistola cargada, y una inyección para suicidarse.

Ya todos sabemos el desenlace de esta apuesta final.  Una profunda depresión no detectada a tiempo.

About the author

Psicólogo Educacional y Clínico. Master en Programación Neurolingüística. Doctor (Ph.D) en Psicología Social por la Universidad de Palo Alto & Santa Cruz System (California, USA, 1978).

Docente USEK