Campus Parque Arrieta
Campus Santa Ana

 




 

     
     
    CAMPUS PARQUE ARRIETA  
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
  Un Parque con Historia  
   
  Testigo y testimonio de la historia de la capital desde su fundación en 1541, los cerros de Peñalolén formaron parte de las chacras que después de la Conquista fueron entregadas a los acompañantes de Pedro de Valdivia como concesiones o mercedes, quienes durante el siglo XVI se dedicaron a actividades agrícolas y ganaderas aprovechando los canales de riego que los indígenas habían construido y que las convertía en tierras fértiles. Los primeros mercedarios de tierras en Peñalolén fueron hombres como Juan Dávalos Jufré y Tomás Pastene, hijo de Juan Bautista Pastene, entre otros. En esa época y hasta el siglo XVIII Peñalolén era una extensa propiedad con campos de cultivo, pastos, viñedos y arboledas donde se crearon núcleos de población constituidas por trabajadores de los fundos aledaños.
     
 
  El Legado de los Arrieta
 
     
  En 1870 el diplomático uruguayo José Arrieta compró estos terrenos y en una fecha posterior a 1875 se dedicó a remodelar la casa: la acortó, dejó la planta en forma de "L", hizo un segundo piso de madera con 15 habitaciones con un techo que incluía tres torreones, mientras que la entrada en forma de bow-window se amplió al segundo piso.

Uno de sus hijos, Luis Arrieta, compró parte de los terrenos correspondientes a las quebradas, el parque y la casa y por herencia le correspondió una parcela colindante con la suya. Este hombre fijó su residencia en Peñalolén y lo convirtió en el centro de la cultura y las artes de la capital. Nacido en 1861, estudió agronomía en Francia y Bélgica para complacer a su padre y de vuelta en Chile se tituló de abogado. Sin embargo, la música y la política fueron sus grandes pasiones. Para disfrutar de la música convirtió Peñalolén en el lugar de reunión de intérpretes famosos y de aficionados, creó las "Jornadas Musicales" e introdujo en Chile autores desconocidos.

Considerado como uno de los hombres más selectos en la vida artística chilena, visitaron su casa el filósofo Ortega y Gasset, el agregado militar Juan Domingo Perón, el cronista Alone y los más destacados músicos y políticos del momento.

En ese período, el parque sufrió las últimas transformaciones pero manteniendo su estilo y carácter. Se levantó un gran portón en la entrada con una puerta de hierro y pilares de ladrillo decorado con las cuatro musas de las artes y atrás se elevó una escalera con esculturas de la Justicia y la República seguidas de un conjunto de cráteras; además se sustituyó el lago por un estanque circular rodeado de dos caminos que conducen a la casa. Entre otros arreglos, Luis Arrieta incorporó nuevas esculturas y mejoró la distribución de las aguas en el Parque. Aproximadamente en 1935, Luis Arrieta cedió parte de sus terrenos de la quebrada para la instalación del colegio Nido de Aguilas, destinado a una educación al aire libre. Durante la década del ´40, repartió los terrenos entre sus 11 hijos, reservó la casa principal y cinco hectáreas de parque para la venta, siendo adquiridas en 1954.

El parque cayó en abandono y sufrió una notable degradación en manos de diversos propietarios tanto públicos como privados hasta que en 1991 es adquirido por la Institución Internacional SEK. Fue durante ese mismo año en que son declarados Monumento Histórico "Las casas y el Parque de Peñalolén".
Actualmente, el Parque Arrieta, cuya extensión alcanza los 40.000 metros cuadrados, ostenta enormes árboles de las más variadas especies y en su parte posterior se constituye de varios niveles que bajan hasta la casona en forma rectangular. En su parte más alta, el agua de vertiente canalizada por un acueducto hasta ser recogida por una fuente enorme con un cóndor en su parte más alta. Más abajo, se encuentra un patio rodeado de muros de ladrillo con una pileta en el centro, en sus paredes estaban dibujados ritos báquicos y en sus columnas se erigían dos leones y dos águilas. Desde aquí comienza una avenida que desciende hasta un patio pompeyano donde se encuentran esculturas y bancos de piedra que permiten el descanso y la meditación, y que termina en lo que fue el monumento a Juan Egaña, que José Arrieta convirtió en un conjunto aterrazado con niveles por los que corren las aguas hasta caer en un gran estanque en cuyo centro había un fauno.

 
     
     
  Primeros Propietarios  
     
  Por diversos factores de herencias, los terrenos quedaron en las manos de la Compañía de Jesús en 1685 y fueron compradas al año siguiente por el Monasterio de Santa Clara, quienes estuvieron allí hasta 1730. En 1813 la Hacienda llegó a manos de Juan Egaña, importante hombre público, fundador, entre mil otras cosas, del Instituto Nacional y de la Biblioteca Nacional.

Juan Egaña reservó 12 cuadras y una pequeña casa precedida de una avenida de sauces al pie de la cordillera para realizar su proyecto de un parque y una casa de descanso que la familia llamó "Quinta de las Delicias". Desde ese momento comenzaron a llegar de visita destacados personajes de la historia de Chile, actividad que continuó tras su fallecimiento, su hijo Mariano Egaña, quien heredó los terrenos que ya había ayudado a crear desde su representación diplomática en Londres a través de cartas con sugerencias para la implementación de la biblioteca, la casa y el parque. El mismo Mariano mandó piezas destinadas a la decoración de la casa y del parque: esculturas, réplicas de obras clásicas existentes en el Museo del Louvre, como Apolo Belvedere y Diana Cazadora que se conservan hasta hoy, además de muchas otras que se han perdido con el tiempo. Los mayores cambios se realizaron entre 1824 y 1829 cuando la casa se amplió y remodeló al estilo rural: es decir, compuesta por un piso, muros de adobe, de forma rectangular, con cubierta de madera y provista de un acceso principal constituido por un cuerpo central cerrado con vidrieras como un bow-window.

Los jardines se inspiraron en las tendencias europeas de la época y aprovechando la pendiente del terreno y la proliferación de aguas de vertientes se creó un vergel. De las cartas de Mariano a su padre se desprenden algunas imágenes de lo que fue ese parque. Un parque que en su parte más espectacular, contaba con 60 surtidores repartidos en tres fuentes que llevaban el agua a dos árboles metálicos sobre los que pendían 42 macetas simétricas, y desde ahí hasta desembocar en forma de cascada en un último estanque. En ese lugar Mariano Egaña erigió un monumento conmemorativo en recuerdo de su padre.

Los Egaña transformaron la Hacienda en un precioso lugar para descansar y disfrutar de la naturaleza campestre. A las bellezas naturales, ellos agregaron una importante biblioteca donada a la Biblioteca Nacional a la muerte de Mariano Egaña en 1846-, el parque posterior muy al estilo renacentista italiano y un jardín delantero a la moda inglesa, donde había un lago con surtidor que elevaba el agua a gran altura, junto a otros de aspecto antropomorfo.